SERMÓN DE LAS SIETE PALABRAS DE CRISTO EN LA CRUZ


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PRIMERA PALABRA

“PADRE, PERDÓNALOS, PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN”

1.- Consideraciones teológicas previas

La crucifixión era un suplicio muy cruel reservado sólo para los malditos, los condenados a ejecución pública, los que atentaban contra el Imperio Romano. El crucificado moría por asfixia lenta. Alguna vez era aliviado por algún apoyo para su cuerpo que le impedía morir de muerte súbita. El suplicio era inhumano y terrible.

Acababan de crucificar a Jesús en una colina, llamada Gólgota en hebreo, fuera de la ciudad de Jerusalén. Trataron y mataron a Jesús como si fuera un proscrito, un criminal público....Se cumplía la profecía de Isaías: “despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias” (Is.53,3). Jesús de Nazaret es el Señor, el Inocente que sufre por puro amor bajo el peso de la injusticia del mundo (Bruno Forte).

Una pregunta inquietante

Si Jesús es el Hijo de Dios -y lo es- , ¿dónde está su Padre ahora cuando es levantado en la cruz? Es un misterio verdaderamente insondable.

En este “varón de dolores” (Is.53,3) se revela el mismo Dios. La imagen del Dios cristiano queda configurada por la cruz de su Hijo Jesús. La cruz de Cristo nos abre a una nueva comprensión de Dios, como el Dios sufriente. Dios mismo está atravesado por el mal en el sufrimiento de su Hijo en la cruz. Dios queda golpeado por el mal en la cruz de su Hijo Jesús. Dios se revela en la cruz como aquel que no quiere usar su poder ni siquiera para defenderse. Es un Dios que escoge ser débil, y no quiere responder a la violencia con la violencia, sino con la mansedumbre.

“Al sufrimiento del Hijo que me amó y se entregó por mí (Gál.2,20), corresponde el sufrimiento del Padre: Dios sufre en la cruz como Padre que entrega, como Hijo que se entrega, como Espíritu que es el amor que emana del amor sufriente de ambos. La cruz es la historia del amor trinitario de Dios al mundo: un amor que no soporta el sufrimiento, sino que lo elige. La cruz no es sólo un suceso entre el hombre y Dios, sino que en último término es un suceso entre el Padre y el Hijo. Si el Padre y el Hijo son una misma cosa (Jn.10,30), si están uno en el otro (Jn.14,10-11), el sufrimiento, abandono y muerte que tienen lugar en Jesús, se verifican, de un modo para nosotros incomprensible, en el mismo Dios. Por eso, el fundamento propio y verdadero del dolor de Dios lo debemos encontrar en el interior del misterio trinitario. “Dios es capaz de ser golpeado por el mal, no sólo en la naturaleza humana de su Hijo, sino en lo más íntimo de su divinidad” (A.Galindo).

En este sufrimiento de Dios en su Hijo alcanzado por el mal, se halla la única respuesta a la grave pregunta de la humanidad sobre la compatibilidad de la existencia de Dios y de un Dios misericordioso, con la realidad del mal...Dios ha querido compartir el dolor del mundo. No estamos solos en medio de nuestro dolor, pues nuestro Padre comparte todo el dolor del mundo en ese Hijo total, abandonado, que lo constituimos todos (J.M. Imizcoz).

2.- Significado de estas palabras de Jesús: “Padre, perdónalos...”

En medio de este suplicio y dolor, Jesús dice unas palabras impresionantes que sorprenden a todos, ya que nadie las esperaba: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc.23,33-34).

Jesús podría haberlos aniquilado y destruido, ya que tenía poder y fuerza para ello. Pero no lo hace porque ha venido no para destruir sino para salvar a todos.

Jesús podría haberlos confundido con un prodigio o un portento. Pero no lo hace porque no quiere ser aceptado por la fuerza y el dominio, sino por el amor y la entrega.

Jesús invoca la misericordia de su Padre para aquellos que lo acababan de crucificar....

El Nuevo Testamento representa la culminación del perdón de Dios. Jesucristo “librará al pueblo de sus pecados” (Mt.1,21). Esa era la misión del Mesías (Sal.130,8). Y a eso vino, “a llamar a los pecadores” (Mc.2,17). Jesucristo es el “Siervo” doliente de Yahvé, traspasado por nuestros pecados, machacado por nuestras iniquidades, herido de muerte por nuestros delitos (Is.53,1-11). Fue clavado en la cruz “y murió por nuestros pecados” (ICort.15,13). Por eso, no es de extrañar que el Señor Jesús invoque la misericordia del Padre para que perdone a los que acaban de crucificarlo.

Nos quedamos sobrecogidos cuando volvemos a escuchar las palabras que Jesús dirige al Padre a favor de los que le acaban de crucificar. Nos quedamos desbordados por este gesto de Jesús. ¡Cuánto tenemos que aprender nosotros a quienes nos cuesta tanto perdonar, comprender, disculpar, olvidar...!

Todo ser humano necesita el perdón; necesita ser perdonado. Tú y yo también necesitamos ser perdonados profundamente. Necesitamos el perdón de Dios; ese perdón que llega y alcanza lo más hondo de nuestra conciencia. Necesitamos ese perdón que nos da alegría y gozo, esperanza y paz. Necesitamos escuchar la voz de Dios que nos dice: “vete en paz; tus pecados son perdonados” (Jn.8,11). Necesitamos el perdón de Dios que nos llega a través del sacramento de la Penitencia.

Al pedir perdón para nosotros, Cristo nos invita y nos urge a perdonar a quien nos haya ofendido. Como Cristo perdona a los que lo han crucificado, nosotros debemos perdonar. No se trata de que nosotros perdonemos para que Él nos perdone; es al revés: puesto que Dios nos ha perdonado, nosotros debemos perdonar; “del mismo modo que el Señor os perdona, así tambiénm vosotros debéis perdonaros” (Col.3,13).Dios perdona para que nosotros perdonemos. “La regla es que imitemos nosotros a Dios y no Dios a nosotros, cuando perdonamos” (J.Maldonado). La medida del perdón es también Dios que perdona todo y siempre, pecados graves y pecados leves, y lo hace hasta setenta veces siete (E.Martín Nieto).

Por todo ello, hemos de recordar siempre que:

Somos llamados a perdonar en las familias

Sois llamados a perdonaros en el matrimonio

Somos llamados a perdonar en las relaciones sociales

Somos llamados a perdonar en el día a día, en todo momento.

Con frecuencia reclamamos para nosotros el perdón de aquellos a quienes hemos ofendido por nuestra debilidad, por nuestras culpa....A veces incluso exigimos una reparación pública...

¿Estamos dispuestos a perdonar a los demás?

¿Estamos dispuestos a perdonar sin ser perdonados?

Que la puesta del sol no caiga sobre vuestro enojo. Que podamos rezar con verdad : “perdona nuestros pecados como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.



SEGUNDA PALABRA

“HOY ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAÍSO”

1.- Consideraciones teológicas previas

Jesús fue crucificado: sus manos y sus pies fueron taladrados con grandes clavos y fijados a la cruz. Ya está cosido a la cruz. Jesús forma como un todo con ella. Jesús y la Cruz, la Cruz y Jesús. El dolor que recorre su cuerpo entero es tremendo y asombroso. El dolor se ha metido hasta las entrañas más íntimas de su ser.

Los soldados se esfuerzan para colocar el palo transversal de la cruz y encajarlo en el palo vertical. Lo han conseguido. Los sufrimientos eran atroces. Cada movimiento de la cruz era una sacudida dolorosísima que recorría todo el organismo debilitado, deshidratado...de Jesús. Cristo crucificado fue colocado en medio de dos malhechores, uno a su derecha y otro a su izquierda.

Una pregunta inquietante:

¿Tiene sentido el sufrimiento de Jesús que es inocente y santo?

¿Tiene sentido el sufrimiento del ser humano?

¿Por qué sufrimos?

¿Por qué Dios no suprime el sufrimiento?

Queremos ofrecer unas respuestas acudiendo a la reflexión teológica actual sobre este mismo tema.

Unos textos para la reflexión:

J.Moltmann: “No sabemos por qué Dios permite el sufrimiento; y si lo supiéramos, no nos ayudaría para vivir. Pero si descubrimos dónde está Dios y lo sentimos presente en nuestro sufrimiento, habremos dado con la fuente de la que renace la vida”.

P. Claudel: “Dios no ha venido a suprimir el sufrimiento, tampoco ha venido a explicarlo; ha venido a llenarlo con su presencia”.

J. Maritain: “Si los hombres supiesen...que Dios “sufre” con nosotros y mucho más que nosotros por el mal que aflige a la tierra, cambiarían sin duda muchas cosas, y se liberarían muchas almas”.

J.R.Busto: “Dios puede y quiere acabar con el sufrimiento, pero no de cualquier manera. Dios lo hace sólo de una forma: compadeciéndolo, es decir, dejándose afectar por el dolor. La imagen de Dios revelada en Jesucristo muestra el compromiso de Dios para acabar con el sufrimiento; peor muestra también el modo utilizado por Dios para acabar con él: superarlo desde dentro; redimirlo. El discurso de la cruz pone de manifiesto la estrategia de la actuación divina....Dios asume el sufrimiento porque es la única forma en que puede superarlo. Porque salvador sólo es el amor. No el poder”.

Bruno Forte: “Dios da sentido al sufrimiento del mundo ya que lo ha asumido hasta hacerlo su propio sufrimiento: este sentido es el amor..La Cruz es historia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; es historia trinitaria de Dios: la Trinidad hace suyo el exilio del mundo sometido al pecado para que este exilio entre en Pascua en la patria de la comunión trinitaria....En la cruz la “patria” entra en el exilio, para que el “exilio” entre en la patria. En ella está la clave de la historia...La muerte en Dios por el mundo del viernes santo se transforma en pascua en la vida en Dios del mundo”.

“El Dios cristiano no es ajeno al sufrimiento del mundo, no es espectador impasible de éste desde lo alto de su perfección inmutable, sino que lo asume y vive con la máxima intensidad, como sufrimiento activo, como don y ofrenda de donde surge la vida nueva del mundo. Desde aquel viernes santo, sabemos que la historia del sufrimiento humano es también la historia del Dios cristiano. Dios está presente en la historia para sufrir con el hombre y para hacerle ver el valor inmenso del sufrimiento por amor.

J.M.Imizcoz: “En este sufrimiento de Dios en su Hijo alcanzado por el mal, se halla la única respuesta a la grave pregunta de la humanidad sobre la compatibilidad de la existencia de Dios y de un Dios misericordioso, con la realidad del mal. Su amor de misericordia es lo que le ha llevado a unir su destino al destino del hombre a quien ha creado a su imagen y semejanza. Dios ha querido compartir el dolor del mundo”.

“No estamos solos en medio de nuestro dolor, pues nuestro Padre comparte el dolor del mundo en ese Hijo total, abandonado, que lo constituimos todos. Nadie está abandonado en su sufrimiento, en su soledad, ni siquiera en su muerte. Porque la muerte de Jesús no sólo fue partida hacia su Padre, sino también llegada con el Padre para hacer mansión en el hombre, acompañando y sufriendo su dolor El dolor de Dios acompaña el sufrimiento de sus hijos. El Dios que sufrió en la cruz por el hombre, ahora sufre en el hombre que sufre y sufre con él. Nuestro dolor, al igual que el dolor de Jesús, es el dolor de Dios”.

A modo de síntesis

Dios puede y quiere acabar con el dolor y el sufrimiento. Pero lo hace a su manera: “compadeciéndolo”, dejándose afectar por el dolor. En Jesucristo, Dios manifiesta su compromiso para terminar con el sufrimiento superándolo desde dentro, “redimiéndolo”.

En Jesucristo Dios se revela y se manifiesta como Padre liberador del sufrimiento. Esta liberación o salvación no acontece negándolo o evitándolo desde fuera, sino asumiéndolo desde abajo y dejándose afectar de alguna manera por él.

Tener siempre en el horizonte la resurrección

Pero hay que decir una palabra más. Estas “teologías del dolor de Dios” como respuestas al problema del mal, serían dèbiles, se quedarían cortas, si no proyectasen su reflexión sobre el horizonte último de la resurrección. La fe en la resurrección es la respuesta que judíos creyentes y cristianos vienen dando al gran interrogante suscitado por el mal, el sufrimiento humano y la muerte. Para los creyentes en Jesús, su resurreción es la primacía que nos abre a la esperanza de la definitiva victoria de la salvación de Dios Padre sobre la dramática realidad del mal (J.M.Imizcoz).

2.- Significado de estas palabras de Jesús: “Hoy estarás conmigo....”

Uno de los que habían sido crucificados con Cristo, falto de arrepentimiento por sus crímenes, se suma a la burla y a la blasfemia de unos y de otros que están allí, e insulta a Jesús: “¿no eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros! Haz el milagro si eres Dios. Este hombre se ha quedado con su oscuridad y con su tiniebla. Con todo, dejemos el juicio en manos de Dios.

En cambio, el otro le respondió diciendo: “¿Es que no temes a Dios tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio éste nada malo ha hecho” (Lc.23,39-43) . Este hombre no mide a Jesús según sus criterios. No le dice cómo tiene que actuar. Sólo confía en Jesucristo. Por eso le dirige una petición: “acuérdate de mí, cuando vayas a tu Reino”. Este hombre aún conserva su dignidad y es capaz de escuchar el grito insobornable de su conciencia que pone ante sí sus pecados. Se confiesa pecador y necesitado de perdón y de misericordia.



La respuesta de Jesús no se hace esperar. Aquel hombre crucificado escucha las palabras más importantes de su vida. Jesús le dice: “hoy estarás conmigo en el paraíso”. Jesús se muestra compasivo, rico en piedad, misericordioso. Jesús se deja ganar por un corazón pobre y humilde. Desde la cruz, Jesús abre el camino al cielo a este hombre pecador arrepentido, que muere en paz pues sabe que Jesús le ha perdonado.

Un día nos encontraremos cada uno de nosotros al borde de la muerte. En ese momento tan importante y tan decisivo para nuestra vida presente y venidera no hemos de replegarnos sobre nosotros mismos. Es el momento de la verdad profunda de nosotros mismos y de nuestras existencias. Es el momento en el que tenemos que presentarnos ante Jesucristo, juez de la humanidad.

Supliquemos al Señor que no nos trate como merecen nuestros pecados, sino que nos acoja en su infinita misericordia y nos conduzca a su Reino. Pongamos nuestra entera confianza en la misericordia infinita y entrañable del Señor.

Sabemos que quien se fía del Señor nunca será confundido. Quien espera en el Señor nunca se perderá. Sabemos que quien vive y muere a la sombra de la Cruz de Jesucristo, despertará en el regazo del Padre para toda la eternidad. Dios escucha, acoge y perdona a todo aquel que lo invoca con humilde y sincero corazòn.

Sabemos que hay perdón para nuestros pecados, para todos nuestros pecados porque la misericordia de Dios es infinita. Abramos nuestra alma a la gracia salvadora de Dios que todo lo redime y todo lo perdona.

Sabemos que no tenemos ciudad permanente aquí, sino que buscamos otra, la del cielo. Con la Iglesia confesamos: “creo en la resurrección de los muertos y en la Vida eterna”. Señor, tómanos y llévanos contigo a la Casa del Padre.



TERCERA PALABRA



“MUJER, HE AHÍ A TU HIJO. JUAN, HE AHÍ A TU MADRE”

1.- Consideraciones teológicas previas

Jesús lleva ya un rato largo clavado en la cruz. Le quedan pocas fuerzas. Se siente débil, abrasado por una sed muy intensa, respira con mucha dificultad. La sangre le va faltando. Le cuesta ya hablar.

En la Cruz de Jesús aparece una vez más el realismo de la encarnación: “El Verbo se hizo carne” (Jn.1,14). Dios no juega con la naturaleza humana. La ha asumido y la respeta: “tuvo que hacerse semejante a nosotros, excepto en el pecado, para llegar a ser sumo sacerdote compasivo y fiel” (Heb.2, 17). Dios no hace trampas con la naturaleza humana.

Dios se revela en la Cruz de Jesús como aquel que salva no al estilo del benefactor, sino como solidario. El benefactor salva desde fuera y desde arriba. El solidario salva desde dentro (haciéndose realmente hombre) y desde abajo (bajando hasta la muerte de Cruz). Realmente la Cruz es un misterio insondable.

Dios mío, ¡cómo se nos caen ante Ti nuestros esquemas!. ¡Cómo nos sorprendes y desconciertas!

2.- Significado de estas palabras de Jesús: “Mujer, he ahí a tu hijo...”

Junto a la cruz de Jesús estaba su Madre María que “ mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz, en donde, no sin designio divino, se mantuvo de pie, se condolió vehementemente con su Unigénito y se asoció con corazón maternal a su sacrificio, consintiendo con amor en la inmolación de la víctima engendrada por Ella misma” (LG 58).

María estaba de pie, junto a la cruz de su amado Hijo Jesús, inocente y santo. Sostenida y ayudada por Juan, el discípulo amado de su Hijo, soporta el dolor de la madre herida por su Hijo que está al borde de la muerte en la cruz. María llora en silencio.

María medita en su corazón las palabras que un día, ya lejano, le dijera Simeón en el Templo cuando ofrecía al Padre a su propio Hijo: “una espada atravesará tu alma”.

María recuerda también aquellas palabras que un día, ya lejano, ella misma había dicho al Ángel en la Anunciación: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. En estos momentos se está cumpliendo el designio de Dios sobre su Hijo y sobre ella misma. María consiente con fe y amor. Ella es la celebrante misteriosa de un misterio que Ella vive en el silencio y adoración.

Jesús está llegando a su fin. Se mantiene en obediencia perfecta al Padre y en servicio sacrificial a favor de la humanidad. Antes de morir, Jesús nos quiere hacer un regalo inesperado.

Pero ¿ le queda algo todavía a Jesús ?

Nos había regalado su palabra y su perdón; nos había regalado la Eucaristía; nos estaba entregando su vida...Parecía que ya no le quedaba nada....

Pero sí; le quedaba algo. Mejor dicho, le quedaba alguien a quien Jesús amaba profundamente: su bendita Madre; y quería darnos también a su Madre. Nos amaba con un amor desmedido, sin medida....que le llevó hasta regalarnos a su propia Madre para que fuera nuestra Madre. “En el momento de su muerte, que es también la hora de la salvación, Jesús propone al discípulo Juan considerar a Maria, la “mujer”, símbolo de la Iglesia, como su madre, como uno de sus bienes espirituales: la madre de Jesús es acogida por el Discípulo en un espacio interior que estaba constituido para él por su relación con Jesús; Juan la acoge como su madre, en la fe” (I.de la Potterie).

Jesús nos confió al cuidado y solicitud maternales de su Madre. Juan Pablo II afirma que “la Madre de Cristo...es entregada al hombre -a cada uno y a todos- como madre. Este hombre junto a la cruz es Juan, “el discípulo que Él amaba. Pero no está él solo. Siguiendo la tradición, el Concilio (LG 48 y 53) no duda en llamar a María “Madre de Cristo, madre de los hombres”. Pues está “unida en la estirpe de Adán con todos los hombres...; más aún es verdaderamente madre de los miembros de Cristo por haber cooperando con su amor a que naciesen en la Iglesia los fieles” (RM 23).

María vela por nosotros; con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo que todavía peregrinamos por este mundo hacia la Casa del Padre y nos encontramos tantas veces en peligros y ansiedades hasta que lleguemos por la misericordia de Dios a la patria bienaventurada.

María es Madre de la Iglesia, y por eso la Iglesia entera acude con confianza a María y le pide su ayuda para realizar la misión que su Hijo le ha confiado. “Ruega por nosotros, amorosa Madre”.

Permítenos, santa María, unir a tu dolor de madre el dolor de tantas madres del mundo que lloran desconsoladas la muerte de sus hijos víctimas de la droga, del hambre, de la guerra, de la violencia..

Permítenos, santa María, unir a tu dolor de madre el dolor de tantas madres que lloran apenadas la muerte de sus hijos víctimas de accidentes, de maldades....

Permítenos, santa María, acompañarte para aliviar tu dolor, para secar tus lágrimas, para estar a tu lado en esa tarde del primer Viernes Santo de la historia...

Acojamos a María en nosotros, en nuestro corazón, en nuestra vida....como hizo Juan. De este modo, se hará realidad en nosotros la exhortación de Juan Pablo II: “ en la vida de todo cristiano debe haber una dimensión mariana”.

María recorre con nosotros el camino de nuestra vida.

¡Santa María!, ven con nosotros a caminar.....



CUARTA PALABRA



“DIOS MÍO, DIOS MÍO, ¿ POR QUÉ ME HAS ABANDONADO ?

1.- Consideraciones teológicas previas
Nos encontramos con unas palabras de Jesús (cf.Lc.27,45-47) que han hecho correr ríos de tinta para intentar explicar el significado profundo que contienen. En efecto cualquier persona que las lee o las escucha se siente inquietado por estos interrogantes:

¿Cómo es posible que Jesús haya dicho estas palabras?

¿Realmente abandonó Dios a su propio Hijo?

¿Se derrumbó Jesús al final?

Para responder a estas preguntas, queremos hacer unas consideraciones:

A) Jesús es consciente de que Dios es su Padre y de que Él es su Hijo

Sabemos que Jesús había manifestado que tenía una relación con Dios tan especial que lo llamaba “Abba, Padre”. Jesús tiene conciencia de que Dios es su Padre y de que Él es Hijo único. Jesús es consciente de que su persona no termina en la creaturalidad sino en el mismo misterio de Dios. Jesús pertenece a la esencia, a la naturaleza, a la misma definición de Dios.

Sabemos que Jesús no sólo se sabe sino que se siente, se vive y actúa como Hijo de Dios. Su oración así lo pone de relieve. “La vida de Jesús testifica la conciencia de su relación filial al Padre. Su comportamiento y sus palabras, que son las del “servidor” perfecto, implican una autoridad que supera la de los antiguos profetas y que corresponde sólo a Dios. Jesús tomaba esta autoridad incomparable de su relación singular a Dios, a quien él llama “mi Padre”. Tenía conciencia de ser el Hijo único de Dios y, en este sentido, de ser, Él mismo, Dios” (Cong. para la Doctrina de la fe: “El Misterio del Hijo de Dios”).

B) Jesús se sabía enviado por el Padre para dar la vida por todos

“Jesús conocía el fin de su misión: anunciar el Reino de Dios y hacerlo presente en su persona, sus actos y sus palabras, para que el mundo sea reconciliado con Dios y renovado. Ha aceptado libremente la voluntad del Padre: dar su vida para la salvación de todos los hombres; se sabía enviado por el Padre para servir y para dar su vida “por la muchedumbre” (Mc.,14,24) (Cong. para la doctrina de la fe, ibd.).

“La conciencia que tiene Cristo de ser enviado por el Padre para la salvación del mundo y para la convocatoria de todos los hombres en el pueblo de Dios implica, misteriosamente, el amor de todos los hombres de manera que todos podemos decir que “el Hijo de Dios me ha amado y se ha entregado por mí” (Gál.2,20) (Cong.para la Doctrina de la fe, ibd.).

Jesús sabe muy bien que su vida, su historia y su ministerio manifiestan en este mundo el designio amoroso y salvador de Dios. Jesús jamás rompió su unión con Dios.

C) Jesús fue obediente a su Padre

El mismo Jesús manifestó al entrar en este mundo: “heme aquí para hacer tu voluntad”; y más tarde dirá a sus discípulos que su vida está puesta bajo el signo de la obediencia al Padre: “mi comida es hacer la voluntad de mi Padre”. Y otro día, en el inicio de su pasión, en el huerto de Getsemaní, suplicó a su Padre que “pasara de Él el cáliz de la pasión”, pero acto seguido afirmó: “no se haga mi voluntad sino la tuya”. San Pablo años más tarde dirá: “Jesucristo se hizo obediente hasta la muerte y una muerte de cruz”. A la luz de toda la vida y ministerio de Jesús podemos afirmar que Jesús se mantuvo fiel y obediente a su Padre. Por su obediencia justifica a la humanidad.

“Para poder realizar la obediencia perfecta, Jesús renuncia libremente (Fil.2,6-9) a todo lo que podía entorpecer esta actitud. No quiere, por ejemplo, servirse de las legiones de ángeles que podría tener (Mt.26,53); quiere crecer, como un hombre,”en sabiduría, en edad y en gracia” (Lc.2,52); aprender la obediencia (Act.5,8); afrontar las tentaciones (Mt.4,1-11); sufrir. Esto no es incompatible con las afirmaciones de que Jesús “sabe todo” (Jn.16,30), que “el Padre le ha mostrado todo lo que hace” (Jn.16,30), si estas afirmaciones se comprenden en el sentido de que Jesús recibe de su Padre todo lo que le permite cumplir su obra de revelación y de redención universal (cf. Jn.3,11.32; 8,38.40; 15,15; 17,8). (Cong.para la Doctrina de la fe, ibd.).

D) Jesús fue abandonado de todos, excepto de su Madre, de Juan y unos pocos.

Las palabras, los gestos, el ministerio de Jesús había desconcertado a muchos. Los Jefes del Pueblo lo habían rechazado; las gentes sencillas habían pedido su condena. Un discípulo lo traiciona, otro lo niega y casi todos huyen y lo dejan solo ante el suplicio de la Cruz. Se cumple así la profecía: “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas”. Al final Jesús se queda solo en soledad.

¿También lo abandona Dios, su Padre?

De ningún modo, como ya lo hemos afirmado.

2.- Sentido de las palabras de Jesús: Padre ¿por qué me has abandonado?

Hemos de excluir cualquier interpretación que afirmara que el Padre desamparó y abandonó a su propio Hijo en la cruz. Jesús nunca dejó de existir en el Padre, ni el Padre en Él. Su voz y su grito, por tanto, no es una protesta, una queja, una rebelión.

Las palabras de Jesús son las primeras palabras de un salmo-lamentación que concluye con una acción de gracias a Dios. Por eso es necesaria interpretarlas en el conjunto de este salmo que, en última instancia, es un canto de esperanza dentro del dolor y la persecución.

Las palabras de Jesús no eran blasfemas, sino expresión del sufrimiento del justo como experiencia de abandono de Dios. Las palabras de Jesús manifiestan su angustia profunda pero reflejan también su oración confiada. El que ora no rechaza a Dios, sino que deja que Dios sea Dios en él; él ora, cumple la voluntad de Dios. Jesús se pone en las manos de Dios, su Padre, y acepta sus designios para Él.

Su muerte no era un fracaso. Jesús era el siervo que carga con los pecados y los crímenes de los pecadores y da su vida en rescate por al multitud. Su muerte tuvo sentido ya que era la entrega amorosa y total de sí mismo por la multitud como bien lo exponen los relatos de la instituciòn de la Eucaristía.

Ni la desesperación, ni la rebelión contra Dios, ni la protesta airada hacen mella en la conciencia de Jesús. En efecto, Jesús sigue dialogando con Dios su Padre; sigue hablando a Dios su Padre; sigue dirigiéndose a Él; sigue confiándose a Él. Jesús sabe que su Padre le responderá a su tiempo y en su momento. Por eso, Jesucristo no fue derrotado, ni acabó en un fracaso total, ni sucumbió a la desesperación. En medio del dolor, Jesús espera en el Padre.

Es verdad que Cristo pasó por la cruz y por la muerte. Pero no terminó todo ahí. Hubo para Jesús una mañana de luz y de vida: la resurrección. A Jesús le esperaba la vida divina que sólo Dios conoce. El Padre acreditó a Jesús.

También nosotros hemos de pasar algún día por el sufrimiento y la muerte. Hagamos nuestra la experiencia de Jesús. Pongámonos en las manos de Dios y no nos apartemos jamás de él. Aunque no veamos con claridad todas las cosas; aunque no dominemos nuestro futuro...confiemos en Dios que no abandona nunca y siempre llega a punto.....Con el salmo oremos: “el Señor es mi Pastor, nada me falta....Aunque pase por cañadas oscuras, nada temo, porque Tú vas conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan”.



QUINTA PALABRA



“ TENGO SED ”

1.- Consideraciones teológicas previas

Había pasado ya más de un día desde la agonía de Getsemaní en la que Cristo sudó sangre y quedó profundamente debilitado; habían transcurrido varias horas desde la flagelación de Jesús con la pérdida de sangre abundante; había pasado ya tiempo desde que Cristo llevará la cruz por las calles de Jerusalén: desde la Torre Antonia hasta el Calvario....con los destrozos que causo a Jesús este caminar doloroso...

A Jesús lo acaban de crucificar. Colgado del madero, la asfixia va agotando sus fuerzas y la deshidratación de su cuerpo maltrecho por la tortura que ha sufrido le ha debilitado por completo. Jesús está extenuado.

2.- Significado de estas palabras de Jesús: “Tengo sed”.

A) Jesús está sediento

No es extraño que Jesús sienta sed; tenga una sed inmensa que abrasaría sus entrañas... (Jn.19,28-29)

San Marcos (15,23) nos informa de la costumbre humanitaria de los soldados de dar a los que han sido crucificados “vino mezclado con mirra”, para aliviarles el dolor. A Jesús se lo ofrecieron, pero no lo aceptó, ya que quería conservar la plena lucidez en la hora oscura y dolorosa que está viviendo.

San Mateo (27,34) recuerda el salmo 69: “veneno me han dado por comida, en mi sed me han abrevado con vinagre” (v.22) y ve cumplida la Escritura en el gesto de los soldados que mezclan el vino con hiel. Jesús ya no puede rechazar el vinagre y deja que el hisopo enjugue su boca lastimada y sus labios resecos. Pero hay más, toda la amargura del mundo toca los labios de Jesús.

Mas la sed de Cristo no la puede ni apagar ni colmar más que su Padre ya que solamente Él puede reconocer su obediencia sacrificial y acoger su muerte como pacificación del mundo. Jesús tiene sed de Dios y de la fe de los hijos de Dios. La fe de aquellos que le miran y la fe de aquellos que un día creerán en Él por la palabra de sus discípulos (cf. Jn.20,29).

B) La sed de Jesús es más profunda que la sed física.

Jesús tiene sed, como tierra reseca, de la fe y del amor de la humanidad por la que está entregando su vida hasta el final.

Jesús tiene sed de ti y de mí.

Jesús tiene sed de tantos jóvenes que con tanto afán e ilusión se abren a la vida. Buscad a Cristo. Dirigid vuestros pasos a Cristo y saciaréis para siempre vuestra sed de verdad y de amor, de esperanza y de vida, de paz y felicidad.

C) Jesús es la fuente de agua viva

Jesús ha venido a este mundo para que nadie perezca de sed. Él es la fuente de agua viva que salta hasta la vida eterna. “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba el que cree en mí; como dice la Escritura: de su seno correrán ríos de agua viva” (Jn.7,37).

¿En qué consiste esta agua?, nos preguntamos.

La respuesta nos la da el propio evangelista Juan: “Jesús hablaba del Espíritu que iban a recibir los que creyeran en Él” (Jn.7,39).

Acerquémonos a esta fuente y bebamos de balde.

Jesús quiere que no seamos tierra árida que no da frutos de vida y de santidad, de paz y de amor, de justicia y de libertad...

Jesús quiere saciar la sed de tantos seres humanos. A todos nos llama y nos invita a que busquemos las corrientes de agua viva y a que no acudamos a cisternas de aguas corrompidas....

Recordemos las palabras de Jesús a la mujer samaritana: ”Si conocieras el don de Dios, me pedirías que te diese de beber de esa fuente que salta hasta la vida eterna”. Esa fuente es el costado abierto por la lanza del soldado. De esa fuente mana y brota el agua viva.

Quien tenga sed de amor, que venga a esta fuente y beba.

Quien tenga sed de sabiduría, que venga a esta fuente y beba

Quien tenga sed de santidad, que venga a esta fuente y beba.

Quien tenga sed de felicidad, que venga a esta fuente y beba.

Quien tenga sed de alegría, que venga a esta fuente y beba.

Jesús es el Buen Pastor que conduce y guía a sus ovejas hacia fuentes de agua viva. Dejémonos guiar por Cristo a las fuentes de agua viva.



SEXTA PALABRA



“ TODO ESTÁ CUMPLIDO”

1.- Consideraciones teológicas previas

Refiere San Juan, testigo de los padecimientos y de la muerte de Jesús en la cruz, que Jesús tomó el vinagre. Lo necesitaba. Su boca y sus entrañas ya no aguantaban la sed abrasadora.

Llegaba el momento de la entrega suprema y definitiva de Jesús. Toda su vida estaba puesta bajo el signo de la obediencia al Padre y de la entrega por la humanidad. Han pasado muchos años desde el instante de la Encarnación, puesta bajo el signo de la obediencia al Padre y de la entrega, hasta el momento de su muerte en la Cruz que corona la obediencia y la entrega de Jesús.

El camino de Jesús fue un continuo descenso: había comenzado en las entrañas del Padre y llegaba a la agonía de Getsemaní, a la cima del Gólgota, a las entrañas de la tierra... Se había vaciado de sí mismo, se había hecho esclavo pasando por la vida como uno de tantos....Había cargado con el pecado del mundo... Más aún había sido hecho pecado por nosotros para que nosotros nos salváramos en Él y por Él. El camino de Jesús había comenzado en lo más alto, en el corazón del Padre, y había llegado a lo más bajo, a la muerte. “Siendo de condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios...Se hizo obediente hasta la muerte y una muerte de Cruz...”(Fil.2,6-11).

El camino de Jesús fue también un camino de gracia y de perdón, de amor y de misericordia para la humanidad. Ungido por el Espíritu, pasó por la vida haciendo el bien y curando a los enfermos. Comió con los pecadores a quienes ofreció y regaló el perdón de Dios para sus pecados. Acogió a los pobres a quienes anunció la buena noticia del Reino de Dios. Se acercó a los oprimidos a quienes liberó de la esclavitud del pecado, de la injusticia y de la iniquidad. Jesús trajo un año de gracia del Señor. Manifestó el nombre de Dios a quien glorificó con su vida y con su muerte.

2.- Significado de las palabras de Jesús: “Todo está cumplido”

Todo se ha consumado. Jesús ha corrido su carrera; ha cumplido su misión; ha guardado todo lo que el Padre le había encomendado. Ha realizado fielmente el designio y la obra del Padre.

Ahora llegó el momento final. Ahora tendrá lugar su Pascua, es decir, su vuelta a la casa del Padre de donde salió para conducir a los hombres hasta ella. Es verdad que “esta vuelta a la Casa de donde salió” tiene un camino peculiar. Cristo ha de adentrarse por los caminos de la pasión y de la cruz; Cristo ha de pasar por el desfiladero angosto y doloroso de la Pasión para llegar a la Casa del Padre, en la que “nos preparará un sitio, porque quiere que donde está Él, estemos también nosotros un día”. Por eso, te pedimos, Señor, que no te vayas sin nosotros; que no nos dejes abandonados en la cuneta de la historia. Queremos estar contigo siempre y para toda la eternidad. No te olvides de nosotros, Señor. Te queremos mucho, con todo nuestro corazón. Tú lo sabes, Señor

Todo está cumplido, dice Jesús suspendido de la cruz.

Quedaba aún una cosa. Escuchemos este relato de Juan: “como era el día de la Preparación para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado -porque aquel sábado era muy solemne-, los judíos rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con Él. Pero al llegar a Jesús, como le hallaron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua...y él sabe que dice verdad” (Jn.19,31-35).

Esto es lo que faltaba.

Del costado de Cristo, nuevo Adán, dormido en el árbol de la cruz nació la Iglesia y, con ella los sacramentos de la vida: la Eucaristía y el Bautismo. Muerto Cristo, nacen la Iglesia y los sacramentos. Cristo muerto en la cruz dejó abierto el camino al Espíritu Santo.

Se ha cumplido la profecía de Ezequiel: “el agua bajaba del lado derecho de la Casa, al sur del altar...Por donde quiera que pase el torrente, todo ser viviente que en él se mueva, vivirá” (47,1.9).

Ahora ya tiene todo sentido. Por todos los caminos Cristo ha pasado. Ya no hay callejones sin salida. Ya no hay rutas oscuras y sin sentido. Los caminos del hombre, si coinciden con los caminos de Cristo, desembocarán en el corazón de Dios. Hemos de mirar y entender las cosas desde el designio de Dios que se hizo realidad en Jesucristo. Todo queda iluminado por el Señor.

San Pablo lo decía con palabras muy claras:

“Todo es vuestro, vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios”.

“Para los que aman a Dios todo coopera para su bien”.

“Nada podrá apartarnos del amor de Dios revelado en Cristo; ni la vida ni la muerte, ni el dolor ni el sufrimiento, ni la persecución ni las enfermedades...” (Rm.8, 31-39).



SÉPTIMA PALABRA

“PADRE, EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPÍRITU”

1.- Consideraciones teológicas previas

“Nadie me quita la vida; soy Yo quien la doy”, había dicho Jesús en su vida..

Podemos decir que toda la vida de Jesús estuvo puesta bajo el dinamismo de una palabra: “entrega”. Vale la pena que digamos unas palabras sobre el misterio de esta “entrega” de Jesús.

El Padre entregó a su Hijo por nuestra salvación: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn.3,16)”. San Pablo afirmará: “El que no perdonó a su propio Hijo, antes bien lo entregó a la muerte por todos nosotros” (Rm.8,32).

Judas Iscariote entregó a Jesús a los judíos (Mc.14,10); éstos lo entregaron a Pilato (Mc.15,1); el pueblo pide a Pilato que crucifique a Jesús (Mc.15,11). Pilato entrega a Jesús a los soldados para que lo azotaran y crucificaran (Mc.15,15).

Jesús mismo se entrega a la muerte: “nadie me quita la vida, soy Yo quien la entrega”. San Pablo dirá: “Ahora, en mi vida mortal, vivo creyendo en el Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí” (Gál.2,20). “Haced del amor la norma de vuestra vida, a imitación de Cristo que nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros como ofrenda y sacrificio de suave olor a Dios” (Ef.5,2).

“Con esta entrega, escribe B.Forte, el Crucificado carga sobre sus hombros todo el dolor y el pecado del pasado, del presente y del futuro del mundo; lleva hasta el final su exilio de Dios para asumir el exilio de los pecadores en el ofrecimiento y en la reconciliación pascual: “Pero Cristo nos ha liberado de la maldición de la ley haciéndose por nosotros maldición” (Gál.3,13)”.

De todos modos, hemos de afirmar que quien entrega a Jesús no son los hombres, ya que a estos será entregado; ni será Él sólo quien se entregue, ya que el verbo está en pasiva (cf. Mc.9,31). Quien lo entrega es Dios, su Padre. En esta entrega que el Padre hace de su propio Hijo por nosotros es precisamente donde se revela la profundidad de su amor a los hombres: “El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios sino en que Él nos amó primero y envió a su Hijo para librarnos de nuestros pecados” (IJn.4,10).

Llega el momento prefijado por el Padre para su Hijo Jesús. Es el momento decisivo: pasar de este mundo al Padre. Jesús muere siempre unido con su Padre. Posiblemente era el día 7 de Abril del año 30. Para la Ley judía es el día en que muere el blasfemo; para el Poder romano es el día en que muere el subversivo; para la Fe cristiana es el día en que, en ese Inocente que muere, Dios ha muerto por nosotros .

2.- Significado de estas palabras de Jesús: “Padre, en tus manos...

A) Jesús no muere negando a Dios, ni renegando de sí mismo

Jesús no muere desesperado ni alejado de Dios.

Jesús no muere ni rebelándose contra Dios ni blasfemando contra Él.

Jesús no muere insultando a los que lo han crucificado.

B) Jesús muere confiándose a las manos de Dios, su Padre.

Jesús ha cumplido la obra que le encomendó el Padre. Ya puede morir tranquilo y en paz y hacer suyas las palabras del salmista: “en paz me acuesto y enseguida me duermo, pues sólo tú, Señor, me asientas en seguro” (Sal.4,9).

Jesús puede dormir y descansar en paz. En Él se cumplen las palabras del salmista: “ su carne descansará segura porque Dios no lo entregará a la muerte ni dejará a su fiel conocer la corrupción” (Sal.15,10).

Jesús es dueño de sí hasta el mismo final de la muerte, “sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía” (Jn.13,13), se dispone a entregar su espíritu en las manos del Padre, a confiarle su vida, su alma, su ser entero. Al morir Jesús entregando su alma entre las manos del Padre, Jesús nos muestra que es necesario dejar a Dios ser Dios en nosotros, en nuestras vidas, en nuestras historias, en nuestras muertes.

Al morir Jesús confiando su persona y su destino final al Padre, nos está mostrando que la muerte no es final del camino para nadie. Más allá de la muerte está Dios que es el Señor de la vida y de la muerte, y que nos espera en el momento de mayor soledad del hombre para liberarnos de la muerte. Nos espera para acogernos y guardarnos para toda la eternidad, si hemos vivido a la sombra de la cruz de su Hijo Jesús, si hemos guardado sus mandamientos.

El Padre de Cristo se nos revela como Padre nuestro que nos abre sus brazos para acogernos, curarnos, salvarnos definitivamente...Sabemos que nos espera una vida eterna y feliz con el Señor y con todos aquellos a quienes quisimos entrañablemente en esta vida.

En el abandono a las manos del Padre se hace realidad el deseo de plenitud del hombre. Contemplemos la muerte de Jesús y la forma cómo muere el mismo Jesús. Nos hará mucho bien. Con esta visión, creo y espero que reciben consuelo nuestros llantos, luz nuestras contradicciones, esperanza nuestras desesperanzas, ánimo nuestros desalientos, perdón nuestros pecados, alegría nuestras tristezas, compromiso nuestras pasividades, solidaridad nuestras insolidaridades, mansedumbre nuestras intolerancias, misericordia nuestras venganzas...

Jesús caminó desde el portal de Belén hasta la Gloria pasando por el Calvario...Caminemos con Cristo confiando siempre y plenamente en Dios. Cuando Dios nos llame de este mundo, pongamos nuestra alma en sus manos.



Florentino Muñoz Muñoz