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  1. #7221

  2. #7222
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    Había un hombre de Ha Ramatáin Sufín, en la montaña de Efraín, llamado Elcaná, hijo de Yeroján, hijo de
    Elihú, hijo de Toju, hijo de Suf, efrateo. Tenía dos mujeres: la primera se llamaba Ana y la segunda Feniná; Feniná tenía hijos, pero Ana no los tenía.
    Ese hombre subía desde su ciudad de año en año a adorar y ofrecer sacrificios al Señor del universo en Siló, donde estaban de sacerdotes del Señor los dos hijos de Elí, Jofní y Pinjás.
    Llegado el día, Elcaná ofrecía sacrificios y entregaba porciones de la víctima a su esposa Feniná y a todos sus hijos e hijas, mientras que a Ana le entregaba una porción doble, porque la amaba, aunque el Señor la había hecho estéril. Su rival la importunaba con insolencia hasta humillarla, pues el Señor la había hecho estéril. Así hacia Elcaná año tras año, cada vez que subía a la casa del Señor; y así Feniná la molestaba del mismo modo.
    Por tal motivo, ella lloraba y no quería comer.
    Su marido Elcaná le preguntaba:
    «¿Ana, por qué lloras y por qué no comes? ¿Por qué está apenado tu corazón? ¿Acaso no soy para ti mejor que diez hijos?».





    Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía:
    «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio».
    Pasando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, echando las redes en el mar, pues eran pescadores.
    Jesús les dijo:
    «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.
    Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. A continuación los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon en pos de él.

    Palabra del Señor.

  3. #7223

  4. #7224
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    En aquellos días, se levantó Ana, después de comer y beber en Siló. El sacerdote Elí estaba sentado en el sitial junto a una de las jambas del templo del Señor. Ella se puso a implorar al Señor con el ánimo amargado, y lloró copiosamente. E hizo este voto:
    -«Señor del universo, si miras la aflicción de tu sierva y te acuerdas de mi y no olvidas a tu sierva, y concedes a tu sierva un retoño varón, lo ofreceré al Señor por todos los días de su vida, y la navaja no pasará por su cabeza.
    Mientras insistía implorando ante el Señor, Elí observaba su boca. Ana hablaba para sí en su corazón; solo sus labios se movían, más su voz no se oía. Elí la creyó borracha.
    Entonces le dijo:
    -«¿Hasta cuándo vas a seguir borracha? Echa el vino. que llevas dentro» Pero Ana tomó la palabra y respondió:
    «No, mi Señor, yo soy una mujer de espíritu tenaz. No he bebido vino ni licor, solo desahogaba mi alma ante el Señor. No trates a tu sierva como a una perdida, pues he hablado así por mi gran congoja y aflicción.» Elí le dijo:
    -«Vete en paz y que el Dios de Israel te conceda el favor que le has pedido.» Ella respondió:
    -«Que tu sierva encuentre gracia a tus ojos.»
    Luego, la mujer emprendió su camino, comió y su semblante no fue ya el mismo-
    Se levantaron de madrugada y se postraron ante el Señor. Después se volvieron y llegaron a su casa de Ramá.
    Elcaná se unió a Ana, su mujer, y el Señor se acordó de ella.
    Al cabo de los días Ana concibió y dio a luz un hijo al que puso por nombre Samuel, diciendo:
    -«Se lo pedí a Señor.»





    En la ciudad de Cafarnaún, el sábado entra Jesús en la sinagoga a enseñar; estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas. Había precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar:
    « ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios». Jesús lo increpó:
    «Cállate y sal de él».
    El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él. Todos se preguntaron estupefactos:
    «¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo obedecen». Su fama se extendió enseguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.

    Palabra del Señor.

  5. #7225

  6. #7226
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    En aquel tiempo, el joven Samuel servía al Señor al lado de Elí.
    La palabra del Señor era rara en aquellos días tiempo y no eran frecuentes las visiones.
    Un día Elí estaba acostado en su habitación. Sus ojos comenzado a debilitarse y no podía ver.
    La lámpara de Dios, aún no se había apagado y Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde se encontraba el Arca de Dios.
    Entonces el Señor llamó a Samuel. Este respondió:
    - «Aquí estoy.»
    Corrió donde estaba Elí y dijo:
    - «Aquí estoy, porque me has llamado.» Respondió:
    - «No te he llamado; vuelve a acostarte.» Fue y se acostó.
    El Señor volvió a llamar a Samuel.
    Se levantó Samuel, fue adonde estaba Elí y le dijo:
    -«Aquí estoy; porque me has llamado.» Respondió:
    - «No te he llamado, hijo mío. Vuelve a acostarte.»
    Samuel no conocía aún al Señor, ni se le había sido manifestado todavía la palabra del Señor. El Señor llamó a Samuel, por tercera vez. Se levantó, fue a donde estaba Elí y dijo:
    - «Aquí estoy; porque me has llamado.»
    Comprendió entonces Elí que era el Señor el que llamaba al joven. Y dijo a Samuel:
    - «Ve a acostarte. Y si te llama de nuevo, di: “Habla, Señor, que tu siervo te escucha.”» Samuel fue a acostarse en su sitio. El Señor se presentó y llamó como las veces anteriores:
    - «¡Samuel, Samuel!» Respondió Samuel:
    - «Habla, que tu siervo escucha.»
    Samuel creció. El Señor estaba con él, y no dejó que se frustrara ninguna de sus palabras. Todo Israel, desde Dan hasta Berseba, supo que Samuel era un auténtico profeta del Señor.





    En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés.
    La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, e inmediatamente le hablaron de ella. Él se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles.
    Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar. Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron en su busca y, al encontrarlo, le dijeron:
    -«Todo el mundo te busca.» Él les respondió:
    - «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido»
    Así recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios

    Palabra del Señor.

  7. #7227

  8. #7228
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    En aquellos días, salió Israel a la guerra contra los filisteos y acamparon en Ebenézer, mientras los filisteos acamparon en Afec.
    Los filisteos formaron frente a Israel, la batalla se extendió e Israel fue derrotado por los filisteos.
    Abatieron en el campo unos cuatro mil hombres de la formación.
    Cuando la tropa volvió al campamento, dijeron los ancianos de Israel:
    -«¿Por qué nos ha derrotado hoy el Señor frente a los filisteos? Traigamos de Siló el Arca de la Alianza del Señor. Que venga entre nosotros y nos salve de la mano de nuestros enemigos.» Mandaron gente a Siló, a por el arca de la alianza del Señor de los ejércitos, entronizado sobre querubines. Los dos hijos de Elí, Jofra y Fineés, fueron con el arca de la alianza de Dios.
    El publo envió gente de Siló para que trajeran de allí el Arca de la Alianza del Señor del universo, que se sienta sobre querubines. Allí, junto al Arca de la Alianza de Dios, se encontraban Jofni y Pinjás, los dos hijos de Elí.
    Cuando el Arca de la Alianza del Señor llegó al campamento, todo Israel prorrumpió en un gran alarido y la tierra se estremeció.
    Los filisteos oyeron la voz del alarido, y se preguntaron:
    -«¿Qué es ese gran alarido en el campamento de los hebreos?»
    Y supieron que el Arca del Señor había llegado al campamento Los filisteos se sintieron atemorizados y dijeron:
    -«Dios ha venido al campamento». Después gritaron:
    ¡Ay de nosotros! nada parecido nos había ocurrido antes. ¡Ay de nosotros! ¿Quién nos librará de la mano de estos poderosos dioses? Estos son los dioses que golpearon a Egipto con todo tipo de plagas en el desierto. Filisteos, cobrad fuerzas y portaos como hombres, para que no tengáis que servir a los hebreos, como os han servido a vosotros. Portaos como hombres y luchad » Los filisteos lucharon e Israel fue derrotado. Cada uno huyó a su tienda.
    Fue una gran derrota; cayeron treinta mil infantes de Israel.
    El Arca de Dios fue apresada y murieron Jofni y Pinjás, los dos hijos de Elí.
    El arca de Dios fue capturada, y los dos hijos de Elí, Jofril y Fineés, murieron.





    En aquel tiempo, se acerca a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:
    -«Si quieres, puedes limpiarme.»
    Compadecido, extendió la mano y lo tocó, diciendo:
    -«Quiero: queda limpio.»
    La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente:
    -«No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu, purificación lo que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio ».
    Pero, cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en lugares solitarios; y aun así acudían a el de todas partes.

    Palabra del Señor.

  9. #7229

  10. #7230
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    En aquellos días, se reunieron todos los ancianos de Israel y fueron a Rama, donde estaba Samuel.
    Le dijeron:
    -«Tú eres ya un anciano y tus hijos no siguen tus caminos. Nómbranos, por tanto, un rey, para que nos gobierne, como se hace en todas las naciones». A Samuel le pareció mal que hubieran dicho:
    -«Danos un rey, para que nos gobierne». Y oró al Señor.
    El Señor dijo a Samuel:
    -«Escucha la voz del pueblo en todo cuanto te digan. No es a ti a quien rechazan, sino a mí, para que no reine sobre ellos.» Samuel transmitió todas las palabras del Señor al pueblo que le había pedido un rey.
    Samuel explicó:
    «Este el derechos del rey que reinará sobre vosotros: se llevará a vuestros hijos para destinarlos a su carroza y a su caballería, y correrán delante de su carroza. Los destinará a ser jefes de mil o de cincuenta, a arar su labrantío y segar su mies, a fabricar sus armas de guerra y los pertrechos de sus carros. Tomará a vuestras hijas para perfumistas, cocineras y panaderas . Se apoderará de vuestros mejores campos, viñas y olivares, para dárselos a sus servidores. Cobrará el diezmo de vuestros olivares y viñas., para dárselo a sus eunucos y servidores. Se llevará a vuestros mejores servidores, siervas y jóvenes, así como vuestros asnos, para emplearlos en sus trabajos.
    Cobrará el diezmo de vuestro ganado menor, y vosotros os convertiréis en esclavos suyos. Aquel día os quejaréis a causa del rey que os habéis escogido. Pero el Señor no os responderá». El pueblo se negó a hacer caso a Samuel y contestó:
    -«No importa. Queremos que haya un rey sobre nosotros. Así seremos como todos los otros pueblos. Nuestro rey nos gobernará, irá al frente y conducirá nuestras guerras». Samuel oyó todas las palabras del pueblo y las transmitió a oídos del Señor.
    El Señor dijo a Samuel:
    -«Escucha su voz y nómbrales un rey.»





    Cuando a los pocos días entró Jesús en Cafarnaún, se supo que estaba en casa.
    Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Y les proponía la palabra.
    Y vinieron trayéndole un paralítico llevado entre cuatro y, como no podían presentárselo por el gentío, levantaron la techumbre encima de donde él estaba, abrieron un boquete y descolgaron la camilla donde yacía el paralítico.
    Viendo Jesús la fe que tenían, le dice al paralítico:
    -«Hijo, tus pecados quedan perdonados».
    Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros:
    -«Por qué habla este así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, sino solo uno, Dios?». Jesús se dio cuenta de lo que pensaban y les dijo:
    -«¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico “tus pecados te son perdonados” o decir:
    “Levántate, coge la camilla y echa a andar”?
    Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados-dice al paralítico-:
    ”Te digo: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa” ». Se levantó, cogió inmediatamente la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo:
    -«Nunca hemos visto una cosa igual».

    Palabra del Señor.

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